sábado, 29 de abril de 2017

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México

Entre Chiapa de Corzo y San Cristóbal de las Casas hay tan solo una hora en colectivo, pero la diferencia en altitud es impresionante, pues la carretera no hace más que subir y subir hasta alcanzar algo más de dos mil metros sobre el nivel del mar. En San Cristóbal, coincidimos con nuestro amigo Mariano de Barcelona, quien nos esperaba para darnos alojamiento en el mismo lugar que él se hospedaba, un hostal tranquilo, económico y con cocina comunitaria, tenía todo lo que a nosotros nos gusta.
Ya instalados Mariano nos enseñó los lugares más interesantes de la ciudad y día a día fuimos descubriendo nosotros mismos rinconcitos y callejones de pinturero aire, pues San Cristóbal es una bonita y pequeño ciudad colonial, donde sus casitas de colores, mercados, docenas de iglesias y la mezcla entre lo tradicional de la zona y los restaurantes y tiendas de última moda neo-hippie, se cuelgan de las colinas convergiendo en un impresionante valle de sonidos, colores y olores. A lado y lado de la ciudad, dos bonitas iglesias en la cima de dos cerros ofrecen increíbles vistas aéreas del valle y dejan ver las altas montañas que la rodean.


Y es que en San Cristóbal hay de todo, para todos los gustos, empezando por la concurridísima calle Real de Guadalupe con sus tiendas de delicados diseños en ropa y artesanías, restaurantes de comida  internacional (japonesa, libanesa, argentina) o de originales recetas veganas, a pasando por el mercado de la ciudad donde uno puede encontrar cualquier tipo de producto local, desde medicina natural, frutas y verduras, carnes y pescados, hasta ropa local y artículos del hogar.
Justo al lado de este mercado se encuentra el mercado de artesanías, dónde indígenas procedentes de comunidades en las montañas bajan a vender todo tipo de trabajos hechos a mano, bisutería, ropa, decoración a cuál más colorida y mejor elaborada. Es tanta la variedad y belleza de la producción artesanal indígena que uno puede pasar horas y horas perdido en estos mercados viendo todo tipo de artículos desconocidos para nuestros ojos.


Entre el mercado de artesanías y la imponente catedral de la ciudad se encuentra una de las calles más ajetreadas de la ciudad, 20 de Noviembre, donde uno puede salir a tomar mezcales o tequilas, un chocolate caliente, visitar una de sus panaderías y pastelerías o comprar algo de ropa.


En cuanto a la gente que vive en esta ciudad existe una mezcla cultural que hace que tenga un ambiente muy especial, ya que conviven habitantes de la propia ciudad, indígenas de las montañas de origen Chamula con sus ropas tradicionales y montones de europeos que llegaron a este lugar y se quedaron atrapados por su belleza o su carácter revolucionario.


Y es que esta ciudad es uno de los lugares más representativos de la lucha obrera chiapaneca, que en 1994 alzó a los campesinos indígenas en contra del gobierno en una revolución comunista liderada por el ejército Zapatista de Liberación Nacional, para reclamar la falta de derechos que han llevado a Chiapas a ser un estado de segunda clase para el gobierno mexicano. Por este motivo en San Cristóbal se encuentra un elevado número de centros sociales, ateneos, teatros, donde uno puede disfrutar de todo tipo de conferencias, conciertos y proyectos destinados a la lucha contra el capitalismo e intentando generar un sociedad más justa e igualitaria. Así que dedicamos los siete días que estuvimos por allí a dejarnos llevar, a perdernos por sus bonitas calles, a conocer su rica gastronomía local e internacional, a investigar sobre proyectos sociales y voluntariados y a vivir la magia que este bonito lugar desprende. 
Aunque también es cierto que nuestro carácter explorado nos hizo salir a conocer los alrededores de la ciudad, por lo que fuimos a algunos lugares que se pueden visitar en una mañana, que tienen un gran interés natural o cultural.
Entre todas las actividades y lugares a recorrer cerca de San Cristóbal tuvimos que descartar algunas, como las Grutas del Mamut o el Arcotete, y elegir otras como las Grutas de Rancho Nuevo, las aldeas indígenas de San Juan Chamula y Zinacantan o el caracol zapatista de Oventik, pues ni el tiempo ni el dinero dan para conocer todo lo que este paraíso ofrece.
Sobre las aldeas indígenas y el caracol zapatista hablaremos en otros post más adelante, así que ahora vamos a visitar las Grutas de Rancho Nuevo. Este se trata de una reserva ecoturística a unos veinte minutos del centro de la ciudad, cubierta de altos pinos en toda su extensión y que ofrece diferentes actividades para pasar un día en familia, desde el mercado de artesanías, salto de tirolesa, rutas a caballo, un enorme y divertidísimo tobogán que recorre la ladera de la montaña, un pequeño museo sobre las grutas y la vestimenta típica de los habitantes de esta zona, hasta el atractivo principal, por el que nosotras estábamos allí, que son las mismas grutas.
La entrada fueron unos 20 pesos (1€) que dan directo a recorrer los dos kilómetros desde la entrada hasta el fin del andador turístico. Durante este recorrido, siempre cuesta abajo introduciéndonos en las profundidades de la tierra, se puede apreciar formaciones como estalactitas y estalagmitas, algunas cascadas de piedra pequeñitas y un montón de raras formas que las piedras generan al azar en el correr del agua durante los años. 


Una vez en el final del recorrido, se ofrece la posibilidad de pasar a una zona más profunda y menos explorada, donde ya no hay andador, ni luz, ni barandilla, si no que se explora sobre un camino de tierra a oscuras, iluminados, únicamente, con las linternas que te proveen, bajo la supervisión de un guía y protegidos con cascos para los coscorrones. Sonaba todo un entorno así que decidimos hacerla. Durante los siguientes trescientos metros se nos explicó todo tipo de curiosidades sobre las formaciones de las cavernas, como que crecen un centímetro cada diez años y que si los tocásemos, la grasa que desprende nuestra piel haría que los minerales dejasen de adherirse y estos dejan de crecer, o por ejemplo que nadie ha podido hacer todo el recorrido, pues algunos trozos están inundados y en otros es tan profundo que el oxígeno no llega a entrar, y debido a la falta de financiación del gobierno la inversión en naturaleza es escasa. También nos explicaron que los minerales que forman las formaciones crean en el interior de ellas bloques de cuarzo y así pudimos comprobar en algunos que estaban rotos y a los que colocando las linternas se ilumina por dentro.
El coste de este tramo es de 35 pesos, que recomendamos pagar, pues la información que uno recibe y las formaciones del tramo merecen la pena, eso sí, si tienes mido a la oscuridad o a deslizarte por lugares estrecho o bajitos, esta actividad tiene mucho de las dos. 
Una de las experiencias más incomodas pero a la vez muy interesante que hicimos fue apagar todas las linternas una vez dentro de la caverna durante unos minutos para poder disfrutar de la oscuridad absoluta. No ves ni si quiera una sombra, lo que te hace sentir muy inseguro y a la vez muy curioso, pues uno puede sentir momentáneamente lo que es no ver, no guiarse por la proximidad de los objetos, no saber quien hay al lado, o que. Si uno respira profundamente puede sentir olores o ruidos mucho más intensos.


Rancho Nuevo también cuenta con muchos restaurantes donde disfrutar de comida típica chiapaneca, aún y así nosotros preferimos volver a San Cristóbal e ir al mercado en busca de deliciosos manjares tradicionales como el mole (salsa de chocolate y chile, además de otras muchas especias, servida con pollo y arroz) o el caldo de res o pollo. En nuestro último día en San Cristóbal de las Casas visitamos el museo Na Bolom, antigua casa del arqueólogo Frans Blom y su esposa Gertrude Duby Blom, fotógrafo documental, periodista y pionero en aventurarse en la selva Lacandona y estudiar a sus habitantes. Su trabajo ha sido plasmado en un interesante proyecto creado para dar a conocer a los Lacandones y sus tradiciones, a través de fotografías, objetos obtenidos en la selva y un audiovisual explicativo.

A pesar del frio y de las calles demasiado turísticas, San Cristóbal de las Casas es de esos lugares en los que uno se siente cómodo, dónde apetece pasear un día más, dónde uno nunca se aburre, pues hay muchísimo que hacer.

lunes, 24 de abril de 2017

Chiapa de Corzo, Chiapas, México

Tal y como nos había indicado José tomamos un colectivo desde Comitán de Domínguez a San Cristóbal de las Casas y de ahí a la colonia de Santa Fe en el pueblo de Chiapas de Corzo, dónde nos pasaría a buscar a las cuatro de la tarde.


Os estaréis preguntando quien es José, pues bien, esta vez hemos elegido viajar de una manera un poquito diferente, nos vamos a alojar en una casa a través de la página web Couchsurfing. Para los que nunca hayáis oído sobre esta web, es un lugar dónde las personas ofrecen alojamiento en sus casas de forma gratuita, con la única intención de compartir bonitos momentos y experiencias con viajeros, conocer gente y costumbres de otros lugares, distintas formas de vivir y ver la vida, así como ayudar a ahorrar en alojamiento. La siguiente pregunta que todos nos hacemos es si este sistema es seguro o no. Pues nosotros creemos que si, pues a parte de tener un apartado de valoraciones y referencias en cada perfil, tanto el que aloja como el alojado, uno contacta con algo de anterioridad y se puede ir conociendo a la persona poco a poco. Así que entre un poco de nuestro instinto, y que José tiene más de sesenta referencias de otros viajeros, a cuál más positiva, decidimos compartir estos días con el en su casa, y la verdad que la experiencia fue maravillosa.

Tal y como habíamos quedado, a las cuatro de la tarde nos recogió y llevo a su casa, donde tras una rápida instalación se ofreció a compartir la tarde con nosotros, así que tras acompañarlo a hacer unos recados en la capital del estado de Chiapas, Tuxla Gutiérrez ubicada a diez minutos en coche, fuimos a Chiapa de Corzo a pasear y tomar unas cervezas, pues teníamos ganas de conocernos mutuamente, de contarnos experiencias y anécdotas de viaje. Ya por la tarde volvimos a su casa para seguir charlando, junto a una botella de tequila hasta bien entrada la madrugada.

Al día siguiente, sin haber dormido mucho, desayunamos y nos fuimos de vuelta al pueblo, pues a las diez de la mañana empezaba la carrera de Parachicos. Y si, a eso habíamos venido a este lugar, a vivir la Fiesta Grande de Chiapa de Corzo, una de las fiestas más tradicionales y coloridas del país. Los Parachicos son hombres disfrazados con coloridas mantas llamadas sarape, máscaras de madera con facciones hispánicas, sombreros de un material parecido a la paja con forma de cepillo circular, que danzan al ritmo de sonajas, gritos alabando a San Antonio Abad y San Sebastián.


Cuenta la historia que Doña María de Angulo, una rica española que vivía en la localidad tenía un hijo sumido en una profunda depresión que nadie podía curar. Pues un grupo de Parachicos con sus danzas sacaron una sonrisa al joven, por eso es que se llaman así, Parachicos (para el chico). Doña María de Ángulo muy agradecida llamo a todos los sirvientes a repartir comida para el pueblo, por lo que además de los Parachicos, se mando a las mujeres a representar dichos sirvientes para la fiesta del pueblo, cosa que las ofendió pues no tiene orgullo ser sirvienta en una fiesta. Así que algunos hombres del pueblo, para complacer a Doña Maria de Ángulo y por el orgullo de sus fiestas populares,se visten de sirvienta y se pasean por el pueblo con cestas de comida, ella se llaman las Xuntaes.

Y así, entre Parachicos y Xuntaes transcurre la fiesta del pueblo, en la que se visitan altares provisionalmente construidos en algunas casas y se les ofrece a los santos cánticos, bailes y muchísima fiesta.


Además de los Parachicos y las Xuntaes la fiesta cuenta con una gran feria donde se ofrecen manjares de diferentes estados del país y todo tipo de bebidas como cockteles y las populares cervezas micheladas (cerveza mezclada con lima, sal y varias salsas, al gusto de la región donde estés, como salsa Magi, Tabasco o Calamaro, salsa de tomate y ostras, todo ello con hielo), puede parecer algo bastante extraño y difícil de pensar en el sabor que tendría, y así es, es una mezcla de muchos sabones que al final encajan juntos. Ademas de una michelada se nos antojo la curiosidad para probar los chapulines oaxaqueños, una especie de grillos fritos con mucho gusto a lima y sal, que no nos gustaron mucho.

Además, la feria contaba con todo tipo de atracciones mecánicas y un escenario donde cada noche tocaban bandas de cumbia y algunas representaciones de baile popular. Disfrutamos de las fiestas como cuando éramos adolescentes, compartimos charlas con las amables gentes del lugar y nos dejamos llevar por la música y colorido de esta celebración.

Más avanzado en las fechas de la fiesta, el programa ofrecía el famoso Combate Naval (una cabalgata de disfraces y carrozas decoradas) que no tuvimos el placer de disfrutar, pues las fiestas duran dieciséis días, demasiado tiempo para estar en un lugar.

Para los que visitéis Chiapa de Corzo fuera de fiestas, deciros que es un pueblo con mucho encanto, en el que podéis visitar varias iglesias, el ex convento de San Cristobal, la fuente central y el puente de estilo morisco, lo que mueve a todo visitante, el Cañón del Sumidero.


 Esto se trata de un tour guiado en embarcaciones de veinticuatro pasajeros a través de un estrecho pero elevadísimo cañón, cuyas aguas están habitadas por enormes cocodrilos y sus árboles por monos araña, así como una amplia variedad de curiosas aves que viven en el Parque Nacional. 
Durante el tour, que dura unas dos horas y cuesta 190 pesos (9,5€) el guía explica curiosidades sobre el lugar, sobre la flora y fauna y sobre la historia, durante la batalla entre españoles y mayas que habitaban este lugar, estos últimos al no querer mestizarse ni sucumbir ante las imposiciones de los conquistadores, saltaron desde la parte más alta del cañón, unos mil metros de altura, si no morían en el salto serían devorados por los cocodrilos.


 Nosotros tuvimos la suerte de además de ver el cañón desde el río, poder verlo también desde lo alto, pues José se ofreció muy amablemente a conducir por la carretera que recorre sus cinco miradores. Hay que reconocer que impresiona mucho más la caída desde lo alto. Además, también compartimos una tarde visitando Tuxla Gutiérrez, que como ya nos habían dicho, es una ciudad de pocos intereses turísticos. Una gran avenida central, su catedral y palacio del gobierno y el parque de la Marimba, donde todas las tardes se reúnen amantes del baile y espectadores para compartir momentos musicales a través del instrumento más popular de Chiapas. La marimba es una especie de xilófono gigante que suele ser tocado por más de una persona y que aunque proviene de África, en Chiapas se adapta para conformar una música tradicional. Todo esto y mucho más aprendimos en el espectáculo de luz y sonido que cada noche sucede a las nueve, un show de proyección audiovisual en el monumento en la marimba de la capital chiapaneca. Después de unos increíbles dias llego la hora de despedirse de José, y muy agradecidos por hacernos sentir como en casa, y con un poquito de pena, pues vamos a echar de menos las charlas nocturnas, pero debemos continuar nuestro viaje. Para los que tengáis dudas sobre el uso de Couchsurfing, sobre nuestra experiencia os lo recomendamos si dudar, pues además de ahorrar un dinerillo, compartes momentos inolvidables con quien mejor conoce el lugar, quien vive en el.

sábado, 15 de abril de 2017

Comitán de Domínguez, Chiapas, México

A Comitán de Domínguez habíamos llegado con el propósito de visitar dos sitios cercanos, las Lagunas de Montebello y las Cascadas del Chiflón, lo que no esperábamos fue un pueblo encantador. Considerado pueblo mágico del estado de Chiapas, un lugar tranquilo de empinadas cuestas, situado en la cima de una colina, sitio donde visitar algunas iglesias, pero principalmente dejarte atrapar por su delicadamente cuidada plaza central.


Más que lugares que visitar, Comitán es una de esas ciudades donde dejarse llevar por la amabilidad de sus gentes, que te saludan al pasar, callejear entre la belleza de su arquitectura y probar platos típicos con una temperatura suave en el día pero gélida por la noche. Parecía que éramos los únicos turistas extranjeros en la ciudad, o güero como en México llaman a la gente de piel blanquita (sobretodo a MJ), pasamos unos días disfrutando de este lugar tan original y agradable.


La primera excursión que hicimos fue a las Lagunas de Montebello, un Parque Nacional de seis mil hectáreas y con más de 50 lagos y lagunas donde el principal atractivo es el color de sus aguas, que comprenden desde el verde al turquesa, pasando por una amplia gama de tonos e intensidades. Desde la ciudad tomamos un colectivo para llegar a Montebello, que duró una hora y media, pero se nos hizo fugaz, pues coincidimos con un indio Lacandon que nos explicó de su pueblo y tradiciones. Los indios Lacandones son los mayas más antiguos, aquellos que durante la conquista se escondieron en la selva, aprendieron a vivir en tan salvaje entorno y han conservado la pureza de su raza hasta la actualidad. Nos contó que su pueblo se encuentra a tres días caminando hacia el interior de la selva Lacandona, que se alimentan de lo que les da la naturaleza, son crudívoros, y que él, con más de cincuenta años, es el más joven de su estirpe, no habiendo mujer fértil con la que poder reproducirse, por lo que saben que en pocos años estarán extinguidos. La verdad es que nos dejó con muchas ganas de visitar las comunidades Lacandona del este de Chiapas, pero nuestro camino era otro, así que lo dejamos como un lugar interesante para visitar en el futuro.
Una vez llegamos a los lagos de Montebello el colectivo nos dejó en medio de la carretera, en la bifurcación que divide las dos zonas del Parque Nacional, una gestionada por la comunidad indígena que habita este lugar y la otra por el gobierno de Chiapas. Nos decidimos a visitar primero la zona que gestiona el gobierno, es decir, los lagos Esmeralda, Encantada, Bosque Azul, Ensueño y Agua Tinta.


Los lagos se visitan siguiendo una carretera con pequeños senderos que se adentran en cada uno de ellos, así que preparaos para caminar mucho, a no ser que queráis gastar los 400 pesos (20€) que cuesta un tour en taxi. La ventaja es que en esta zona las distancias entre lago y lago no son muy largas, así que no supone un esfuerzo inaceptable. Quedamos prendados de la belleza del lugar, pues las limpias aguas de las lagunas reflejan en sus tonos azulados o verdosos los pinares que los rodean y las pocas nubes que se iban acercando.


En uno de los puntos de la carretera hay un desvío a un camino de tierra donde, después de unos dos kilómetros, se llega a una preciosa gruta atravesada por un riachuelo, decorada con estalactitas y grandes rocas.
Una vez visitada la zona que gestiona el gobierno queríamos visitar la otra parte pero nos dimos cuenta que estábamos lejos de la bifurcación, pues llevábamos un buen rato caminando y parecía que éramos los únicos visitantes, pues no se veía a nadie ni caminando ni en taxi, tuvimos la suerte de ver una camioneta de mantenimiento del parque a la que pedimos si podía acercarnos a la entrada, el señor accedió con la condición de que viajáramos en la zona de carga de la camioneta, toda una experiencia sentir el aire con olor a pino y los saltos de los baches de la carretera.
Desde la entrada hasta el primer lago de la segunda zona, llamado como el propio parque, Montebello, nos arrepentimos de ir caminando, pues lo esperábamos más cercano y ya estábamos algo cansados. Al llegar comenzamos a ver una nube gigante que encapotaba el cielo y comenzaba a chispear, situación que empeoró a lo largo de la visita a los siguientes lagos. Esto hizo que la luz no entrara en el agua y los lagos no reflejarán sus verdaderos colores, además de que empezó a hacer algo de frío, así que decidimos viajaremos colectivo a los siguientes lagos (10 pesos por viaje, 0,5€) y seleccionamos los lagos que más nos interesaban, pues el clima no nos dejaría verlos todos. El lago de Montebello es un enorme espacio rodeado de pinos, aguas azules y, como ya hemos explicado, gestionado por la comunidad, ofreciendo servicios de comida, caminatas por los senderos, paseos a caballo o alquiler de lanchas.


En la entrada se pagan 25 pesos (1,25€) que te da acceso a todos los lagos gestionados por esta comunidad. Como el tiempo empeoró decidimos saltarnos los lagos más pequeños y visitar Tziscao, una población indígena a pie de un gran lago justo en la frontera con Guatemala.


Calles sin asfaltar, cabañas de madera en mitad de la selva con grandes patios donde había gallinas libres junto a columpios para niños, un espacio natural donde el tiempo parece transcurrir a una velocidad más lenta.


La pena fue que el clima estaba cada vez peor, así que una vez visitado el lago y la aldea buscamos un lugar donde comer, y a pie de carretera encontramos un rústico restaurante donde una amable mujer cocinaba en la calle con cocina de leña deliciosos platos típicos de la región. Nos dimos un festín con un plato a base de queso y chorizo cocinado a fuego y acompañado de arroz y ensalada.
Esperamos que si alguno de vosotros visitáis los lagos tengáis más suerte con el clima, pues dicen que las lluvias en esta zona de monte son muy comunes. Nosotros esperamos volver algún día y verlos a plena luz del sol.
La segunda excursión que hicimos desde Comitán fueron las Cascadas del Chiflón, en unos cuarenta minutos, aproximadamente, con un colectivo que sale desde el Boulevard de la ciudad. El transporte nos dejó en la carretera y de ahí había dos opciones para recorrer los dos kilómetros que hay hasta la entrada, caminando o en tuk-tuk, así que como somos deportistas…ya sabéis por cual optamos. Una vez en la entrada uno se encuentra con un museo sobre las cascadas, su geología, flora, fauna y quienes las han habitado históricamente. Un poco más adelante una sala de cine en la que reproducen un documental que no pudimos ver, y no podemos contar sobre que trataba, porque no coincidimos con el horario y una zona dónde tres enormes iguanas viven tranquilamente cerca del río. Tras pagar una entrada de 30 pesos (1,5€) empezamos a caminar por un sendero que nos dejó maravillados, pues iba serpenteando la orilla de un río de aguas turquesa, que fluía entre el denso bosque selvático.


A orilla del río había zonas de barbacoa organizadas en pequeños merenderos, justo en la zona más tranquila y profunda para que los visitantes pudieran bañarse. Nosotros veníamos un poco resfriados por el drástico cambio de clima que hay entre el día y la noche en Comitán, así que decidimos pasar del baño y seguir conociendo la zona por el sendero. A cada lado del río había cabañas y zonas para acampar para quiénes quisieran pasar la noche en tan idílico lugar. Durante dos kilómetros el río va formando todo tipo de cascadas que caen con fuerza en pozas que relucen turquesas hasta llegar al punto fuerte de la excursión, la cascada del Velo de Novia, una caída de agua de ciento veinte metros que al impactar con una roca se abre formando un majestuoso velo.


Para poder verlo más cerca, sobre una cima hay un mirador, eso si, no se puede estar mucho tiempo porque uno acaba totalmente mojado por las salpicaduras del agua. Desde la base de la cascada hay tres opciones para seguir con el recorrido; bajar en tirolesa sobrevolando el río, previo pago de unos 300 pesos (15€), volver caminando por donde se ha venido, o aventurarse por un camino mucho menos acondicionado, de sufridas pendientes, que lleva a la cima de la cascada Velo de Novia y a poder conocer a su prima pequeña, la Quinceañera.


Nosotros decidimos llegar al punto más alto y la verdad es que lo recomendamos, pues se van viendo tras pequeños miradores, fragmentos de los ciento veinte metros de la gran cascada, y una vez arriba uno descubre el porqué del nombre de cascada Quinceañera. En México existe la tradición de que cuando las jóvenes cumplen sus quince años se les hace una gran fiesta en la que se visten con lujosos vestidos parecidos a trajes de princesas de cuento, y en la que se invita a muchas personas de su entorno social con el motivo de presentar a la chica en sociedad, y darla a conocer para interesados pretendientes en busca de una esposa con la que ser casados. Pues bien, esta cascada es igual a la forma de la falda del vestido de una Quinceañera, una gran falda, estrecha en la cintura que se ensancha en su caída, además de las vistas sobre el valle y recorrido del río, sus cascadas y pozas.


Tras todo este camino, cuatro kilómetros de bajada nos esperaban hasta llegar al restaurante más cercano, ¡que hambre teníamos!

martes, 11 de abril de 2017

Agua Azul, Aluxes y Misol-Ha, Chiapas, México

El estado de Chiapas ya no posee cenotes que nos maravillen, donde poder bañarse, saltar, ser comidos por pequeños pececillos o simplemente relajarse en su inmensidad y fresca agua. Pero si posee otros caprichos naturales, como son los ríos serpenteantes que forma lagunas naturales donde poder bañarse, o caídas de agua que nunca mengua con fuertes corrientes de azules intensos. 
Así es Agua Azul, formado gracias a los afluentes del río Otolún, que forma una continuidad de cascadas siendo la más alta seis metros, es decir, no muy altas pero sí muy caudalosas, con la singularidad del color del agua, un azul cielo intenso. Por desgracia para nosotros los dos días anteriores había estado lloviendo fuertemente y este color de agua no se pudo apreciar, fue más bien “Agua Verde”, pero esto no fuere razón para que no disfrutamos sus muchos puntos de cascadas o nos bañamos en las zonas acondicionadas para ello.

Bañarte ahí es todo una experiencia, intentar nadar a contracorriente para poder moverte alrededor y notar como no te has movido casi ni un metro, para luego relajarte y dejarte llevar por el agua. Estas zonas son una pequeña balsa, creada naturalmente, entre cascada y cascada, dónde hay un vigilante que te advierte de las corrientes.

Conforme estamos describiendo el lugar parece que hablamos de un río salvaje, totalmente aislado en medio de la selva. Ni mucho menos. La entrada cuesta 40 pesos (2€) y esta repleto de restaurantes de comida típica chiapaneca y tiendas de souvenirs, todo ello acondicionado con escaleras, barandillas y miradores desde la misma entrada hasta el final del tramo.
 
Los últimos metros del río tienen un coste de 35 pesos (1,7€) para poder visitar el nacimiento del río acompañados por un guía local perteneciente a la comunidad que maneja las instalaciones.
Dentro de este entorno de pura naturaleza, en la carretera entre la ciudad de Palenque y la zona arqueológica, nos encontramos con el ecoparque de Aluxes. El alux es el equivalente al elfo en la cultura maya, es un protector de la naturaleza. Pues bien, con este bonito nombre ya nos dio muy buena espina el lugar, aún así al entrar preguntamos a la recepcionista sobre el trabajo que llevan a cabo, cuales son exactamente sus cometidos. Nos explicó que debido a toda la tala masiva, destrucción de la naturaleza y el tráfico de especies junto con la indiferencia de la población, se creó un centro de conservación, rescate y reintroducción de flora y fauna. Para ello han creado un ecosistema donde aúnan humedales y bosque que atrae a un sinfín de fauna de forma natural y consigue crear un perfecto ambiente para aquellos animales que rescatan y tienen la misión de devolverlos a su ambiente natural, aunque por desgracia eso no siempre es posible.
 
Como un gran ejemplo del trabajo realizado por el parque nos encontramos con la historia de las guacamayas, estas se extinguieron en la zona de Palenque hará más de 70 años. Desde el parque lograron convencer a Xcaret, un parque de entretenimiento ubicado cerca de Playa del Carmen, para que les cediese polluelos de guacamaya roja junto al Instituto de Biología de la universidad Nacional Autónoma de México, y mucho trabajo, han vuelto a llenar el cielo de azul, rojo y amarillo, colores de este animal.
 
Además de esta especie también trabajan en la liberación de monos saraguato rescatados de traficantes cuando fueron separados de sus madres siendo pequeños, e incluso manatíes a los que pudimos observar cuando unos niños les dieron de comer. Como antes hemos mencionado, hay animales que nunca podrán dejar las instalaciones, como los cuatro jaguares que tienen, nacidos ya en cautiverio, o aves a las que se les cortaron las alas y ahora son incapaces de volar, como pasa con un águila o varios flamencos.

Incluso tienen varias tortugas africanas rescatadas de zoológicos “domésticos”. Nosotros quedamos maravillados por el gran trabajo y el esfuerzo dedicado a ello, por la pasión hacia la naturaleza que se respira en el lugar y la profesionalidad de estas personas. Preguntamos incluso si tenían programa de voluntariado, lo cual tienen, pero por el trabajo que se realiza es necesario tener estudios especializados.
Una pena pues nosotros no los tenemos, pero desde aquí animamos a quien esté interesado a lanzarse a ello y buscar información en esta asociación.
www.ecoparquepalenque.com
Antes de viajar a nuestro próximo destino, Comitán de Domínguez se nos planteó la primera duda de difícil elección, y la que nos costó cerca de tres días decidirnos. Desde que pusimos el primer pie en México no paramos de escuchar recomendaciones sobre evitar la carretera entre Palenque y San Cristóbal de las Casas, o su ramificación a Comitán de Domínguez, nuestro próximo destino. Entre las habladurías de la gente se oían historias de todo tipo, pero para no dramatizar con anécdotas del boca a boca resumimos que esta carretera es famosa por los asaltos a los autobuses, especialmente en viajes nocturnos.
Como nosotros no queremos creer historietas decidimos comprobar los hechos por nosotros mismos. Una vez en Palenque nos dispusimos a comprobar el estado de la misma y el nivel de peligrosidad preguntando a locales, agencias de transporte y a todo el que creíamos que podría darnos información creíble. En definitiva, todos coincidían en la misma versión, que sí, en el pasado había sido un lugar con alta posibilidad de asalto, incluso habían prendido fuego a un autobús de la compañía ADO, por la que está prefería dar una vuelta de ocho horas por evitar la ruta, pero que ahora mismo la situación estaba totalmente controlada, y que lo único que íbamos a encontrar es un “peaje” impuesto por los locales indígenas, que pagaría el conductor de nuestro colectivo para que pudiera circular sin problemas.
Así que haciendo caso de los consejos de quién conocía la ruta y la realizaba casi a diario, partimos hacia Comitán de Domínguez en un colectivo, pero de camino paramos en la cascada de Misol-Ha, ya que en días anteriores no tuvimos tiempo de visitarlas. Menos de una hora de viaje, y sin ningún incidente, nos condujeron por una carretera de impresionantes vistas entre selva y valles, hasta el cruce de la carretera que baja a las cascadas, eso si, los siguientes dos kilómetros después del desvío había que hacerlos caminando, mochilas a la espalda, pues no había transporte que poder tomar. Por suerte era cuesta abajo y el sol no estaba fuerte, aún era temprano. Tras el pago de 20 pesos (1€) dejamos las mochilas en la recepción de un hotel que se encuentra en la entrada de la cascada y nos decidimos a hacer una visita rápida.
 Al llegar a la cascada quedamos impresionados por su belleza, pues sus cuarenta y cinco metros de caída a una pequeña laguna, nos hacía sentir diminutos ante tanta fuerza del agua. La cascada puede ser vista desde dos diferentes ángulos, el primero de frente, bajando a pie de la laguna para apreciarla en su totalidad.

El segundo ángulo desde un caminito que la recorre por detrás y por el que uno puede sentir las microcascadas que recorren la roca, dejarte empapar por las gotas de agua flotando en el aire tras el impacto de la caída y disfrutar de la cascada desde el interior como una cortina de agua que no permite ver que encontramos al otro lado.

Ya empapados por el vapor del agua decidimos que era hora de volver a la ruta, pues teníamos un largo e intenso día de transporte por delante. Recogimos las mochilas pero el recordar como era la cuesta hasta el cruce dónde nos recogería un nuevo colectivo se nos quitaron las ganas de andar, así que preguntamos en el hotel si había alguna forma para que alguien nos acercara los dos kilómetros de pendiente hasta el cruce. En el restaurante nos dijeron que una camioneta había viajado por la mañana a Palenque a hacer algunos recados, estaría a punto de llegar y saldría de nuevo a hacer más recados, así que decidimos esperar unos diez minutos. Cuando esta llegó hablamos con el conductor y acordamos un precio por el que llevarnos cuando acabase de comer (quince a veinte minutos más). A los cinco minutos de espera vimos aparecer una joven pareja de mexicanos que venían de visita a la cascada y viajaban en una gran furgoneta, les pedimos sin podían acercarnos al cruce y amablemente accedieron. Anulamos el trato con el señor de la camioneta y tuvimos suerte, pues los chicos iban en la misma dirección que nosotros, así que no solo nos acercaron al cruce, sino que viajamos juntos hasta las cascadas de Agua Azul, unos 45 km por la misma carretera, que ellos iban a visitar y nosotros habíamos visto el día anterior. La única condición para llevarnos fue que Carlos viajará en la parte trasera de la furgoneta, tumbado sobre una manta, un montón de maderas y herramientas de trabajo pues solo había un asiento libre delante.
El viaje fue de lo más agradable, pues ambas parejas nos preguntábamos sobre aspectos cotidianos de nuestros diferentes países y el trayecto que duró alrededor de una hora nos hizo disfrutar de lo que podemos llamar una corta pero bonita amistad. En uno de los puntos del camino vimos alzada una cuerda con banderitas de punta a punta de la carretera y pensamos que se debía al “peaje” del que nos habían hablado, pero no era ese el motivo de que fuéramos detenidos, sino que una madre con dos niñas tenía un negocio de venta de comida obligatoria. Y decimos obligatorio porque la madre se situó delante de la furgoneta para que no pudiéramos avanzar, mientras que las niñas vendían a través de las ventanillas hasta que no compramos algo no se apartaron para darnos paso, un negocio bastante efectivo. Un poco más adelante ya si encontramos el verdadero “peaje”. Decenas de hombres situados en medio de la carretera paraban a todo el que pasaba por ahí, se le colocaba una madera con clavos delante de las ruedas y hasta que no pagaban el precio estipulado por la comunidad (100 pesos, 5€) no dejaban pasar. Para informar de porqué pedían el dinero nos dieron una nota que explicaba que había dos personas de la comunidad ingresadas en el hospital por un accidente de coche ocurrido el 31 e diciembre y que como el gobierno no se encargaba de los gastos médicos, muy a su pesar tenían que financiarse así. Una vez pagado abrieron el paso para que siguiéramos nuestro camino. Hay quienes dicen que son zapatistas buscando financiación, otros que son contratados por el gobierno para poder culpar a los zapatistas y así oprimirlos fácilmente, nosotros solo queríamos poder pasar y llegar hasta Comitán.
Una vez llegamos a las cascadas de Agua Azul nos despedimos de los chicos y tomamos un colectivo al siguiente lugar intermedio, el pueblo de Ocosingo, dónde el colectivo nos dejó en el otro lado del pueblo y tuvimos que cruzarlo entero hasta llegar al mercado donde encontraríamos el siguiente transporte. Cruzar Ocosingo fue toda una experiencia, pues la gente nos miraba como si fuésemos de otro planeta, pues parecer ser que esta no es una ruta muy habitual para turistas. De Ocosingo fuimos transportados a Altamirano, en un colectivo donde una amable anciana no paraba de preguntarnos por nuestro viaje y nuestro país. Mientras conversamos con ella pudimos apreciar que entre la selva se encontraban pequeñas aldeas zapatistas, donde las pintadas en las paredes de las escuelas hacían referencia al subcomandante Marcos, cabecilla de la revolución de 1994 en el estado de Chiapas. De Altamirano a Comitán fuimos conversando con un profesor de primaria que nos hizo el camino mucho más llevadero y nos dio información sobre el área zapatista donde nos encontrábamos, su organización social, financiación, etc…
Una vez en Comitán de Domínguez nos miramos, reímos y analizamos la situación, pues habíamos viajado por la carretera más temida al sur de México, parte de ella en autostop, y sin incidente alguno. Acabábamos de aprender una gran lección y es que no hay que hacer caso de los rumores, sino filtrar la información con fuentes fiables y tomar decisiones desde la razón, no desde el miedo infundado.
Recorrimos el centro de Comitán en busca de un hotel donde alojarnos y poder descansar. El viaje había sido muy intenso, tanto física como psicológicamente.

domingo, 26 de febrero de 2017

Palenque, Chiapas, México

Tras pasar todo un día en la estación de autobuses por problemas en las carreteras con la subida de precio de la gasolina (hasta un 20%) y unas seis horas en el autobús llegamos a las 5 am a Palenque, muy cansados y medio dormidos.
Estamos en un nuevo estado, en Chiapas, la zona más al sur de México, la más pobre y olvidada por el gobierno, pero la más rica en recursos naturales; hogar de las poblaciones indígenas y de la selva Lacandona.
Habíamos oído sobre un tipo de hospedaje bastante interesante: un conjunto de 5 complejos de cabañas ubicadas en la selva chiapaneca, rodeadas de intensa naturaleza, animales y ríos, sin comodidades tecnológicas, sin wifi.
A unos 15km de la localidad se encuentra la zona arqueológica de Palenque, antes de llegar a ella está este complejo de cabañas: el Panchan. Un taxi nos llevó hasta allí nada más llegar a Palenque, pero como ya hemos dicho, no tiene comodidades tecnológicas, por lo que las recepciones no tienen ordenador ni mucho menos internet, no se puede hacer reservación. Volvimos por donde vinimos y buscamos un hostal en el pueblo donde pasar el resto de la noche e intentarlo al día siguiente. A la mañana siguiente, al volver nos contaron que su sistema de hospedaje es algo así como quien primero llega se lo queda, habíamos llegado tarde y ya no había cabañas disponibles. No pasa nada, tenemos todo el tiempo del mundo, mañana lo intentamos otra vez y llegamos más temprano. Llegamos a las 8 am, una pareja dejaría una cabaña libre, solo teníamos que esperar a que se fueran, ¡conseguido! Y mereció la pena.

Pasas la recepción, caminas por un paso rodado de vegetación de un verde intenso y llegas hasta un río, de agua clara y tranquila, cruzado por un puente de madera y ahí aparecen unas cinco cabañas, cuatro de ellas más pequeñas y en la orilla de ese río, con un balcón sobre él, y otra cabaña, al fondo, más grande, dividida en cuatro cuartos más. Pues el más alejado e todos, era el nuestro, con la puerta dirección a la vegetación, totalmente salvaje.

En este lugar te rindes con la naturaleza libre, sientes el aire fresquito, oír los pájaros y sobretodo ver a los sereques, una especie de roedor que vamos a sus anchas por las cabañas.
Palenque es una zona de pura naturaleza, de verdes intensos con ríos de agua cristalina, es por ello que nos informamos sobre la posibilidad de realizar un tour en la selva. Por casualidades de la vida, de esas que uno se alegra, nos encontramos a un guía que estaba juntando un grupo para el día siguiente. Con nosotros ya seriamos siete, un número perfecto, pues nos permitía rebajar el precio de 150 pesos (7,5€) a 100 pesos (5€) cada uno. Para decidirnos nos acercamos a conocer a los demás integrantes, estos resultaron ser dos chicos de Barcelona y tres chicas argentinas que llegarían justo antes de comenzar el tour. Después de conocernos quedó todo decidido, al día siguiente haríamos un paseo por la selva y conoceríamos las ruinas de Palenque.
Quedamos a eso de las 9.00 para comenzar el tour. Primero una furgoneta nos llevó unos 4 km hasta la entrada del sendero, un lugar que parecía bastante accesible hasta que comenzamos a caminar unos metros y dejamos atrás el camino, íbamos guiados a ciegas a través de la espesura de los árboles, pequeños riachuelos y raíces formando escaleras para alcanzar la cima de pequeños montículos. El mayor propósito del tour es conocer una parte inexplorada de templos y ruinas mayas que continúan entre la selva, sin tocar, como abrazados por la vegetación surgida alrededor de ellos, parecían puros e incluso más mágicos que las ruinas descubiertas. Uno de ellos tenía una apertura sin cubrir, por lo que los chicos, más valientes, se introdujeron un poquito, solo un poquito, pues estaba lleno de pequeños murciélagos que se despertaron por la luz de las linternas y amenazaron por echar a volar. Durante el recorrido pudimos observar un curioso parásito que se aferra a los troncos de los árboles, como si fuera otro árbol que lo abraza, y lo va secando poco a poco hasta que absorbe todo y el árbol muere. Parece algo negativo para la fauna y que se debería intentar parar o por lo menos controlar, pero como nos explicó el guía, esto es parte de la naturaleza, permite que la selva se reconstruya y siempre siga viva, en movimiento.

Durante el paseo también nos mostró lianas tan gruesas y resistentes que es posible treparlas, árboles de cientos de años y templos, muchos templos enterados entre esta vida, algunos atravesados por algún árbol y otros que únicamente se mantienen en pie gracias a ellos. Y como colofón a estas casi tres horas de caminata, ya llegando a nuestro final, pudimos observar una familia de monos saraguato, o mono aullador, en lo alto de la copa de los árboles, mientras comían y jugaban. Parecen seres de goma al saltar, tan pequeños.
Nuestro tour terminó en la misma entrada de las ruinas de Palenque. Ya nos dijo el guía que estás ruinas son solamente el 2% de lo que en su día fue la ciudad, y de todo lo que hay escondido entre la selva. Ruinas que para poder estudiar deberían limpiar de toda naturaleza, lo que significa que habría que destruir una gran parte de la selva, razón por la cuál no se hace.

La zona arqueológica de Palenque se convirtió en Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1987, y no es para menos, es un emplazamiento impresionante, gigantesco. La antigua ciudad, se estima que sean unos 40 kilómetros cuadrados, pero excavado son solo 2,5 de ellos. Este territorio se divide en dos zonas, norte y sur. La sur está formada por dos grandes plazas con un total de siete templos dedicados al culto hacia dioses, y la tumba de la mujer del gran monarca Pakal II, la Reina Roja, llamada así por los vestigios de una tinta roja impregnada en sus huesos y paredes de la tumba.

Sarcófago de gran importancia, pues era común que la gente fuese enterrada en la tierra, son solo dos los sarcófagos encontrados en esta ciudad, de ahí se intuye la importancia de esta mujer. Este lugar se puede visitar y observar el rojo que aún se mantiene impregnado a la roca; y como no, también encontramos un juego de pelota, algo más pequeño que los vistos anteriormente.

Como gran construcción se encuentra el Templo de las Inscripciones, ubicado sobre una pirámide escalonada desde donde se puede observar el lugar desde las alturas, rodeados por la espesura de la selva y entre grandes colinas.

En esta antigua ciudad un pequeño río pasa silencioso, casi desapercibido hasta que accedes a la zona norte del complejo, dónde comienzas a bajar unas escaleras, escalón a escalón, casi interminables, hasta que lo escuchas y de repente lo ves, como el agua cae, estruendosa, una gran cascada de un azul cielo nace de ese rio tan silencioso. Una auténtica belleza de esta naturaleza salvaje e incontrolable.

Sin duda para nosotros Palenque ha sido uno de los sitios arqueológicos más bellos en los que hemos estado hasta ahora, tanto por la naturaleza como por la arquitectura del lugar.
El tour más la visita a las ruinas nos llevó todo un día, los siete volvimos andando a las cabañas totalmente agotados pero aún comentando todo lo vivido, visto, tocado y olido durante este intenso día.

martes, 21 de febrero de 2017

Campeche, Campeche, México

Al empezar a diseñar un pequeño mapa de ruta sobre el viaje, con la idea de que los planes están para deshacerlos, nunca tuvimos en cuenta los estados que separan Yucatán de Chiapas, es decir, Campeche y Tabasco, pensábamos pasárnoslo por alto. Pero una vez en el viaje empezamos a informarnos sobre la ciudad costera de Campeche y, además de poder acortar el camino de unas 9 horas entre Mérida y Palenque (idea inicial de ruta) parecía que la ciudad ofrecía una serie de atractivos que nos podían interesar.
En primer lugar es un sitio mucho menos turístico que los que hasta ahora habíamos visitado, o como mínimo el turista era totalmente diferente, con un enfoque mucho más cultural y principalmente un turismo nacional. En segundo lugar la UNESCO ha declarado la ciudad como Patrimonio Cultural, así que sería una parada perfecta antes de adentrarnos en el más que esperado estado de Chiapas.
Llegamos a Campeche sobre las dos de la tarde y nada más bajarnos del autobús sentimos como una ola de calor húmedo invadía nuestros cuerpos, aunque si es cierto que el sol apretaba con menos fuerza que en anteriores ciudades, la cercanía al mar nos hizo sudar durante toda la estadía, día y noche. La estación de autobuses se encuentra a las afueras de la ciudad, bastante alejada del centro histórico, así que preguntamos un bus local que pudiera acercarnos, por suerte los buses urbanos que hemos encontrado hasta ahora cuestan alrededor de siete pesos (0,35€), lo que nos facilita desplazarnos dentro de las ciudades. Al ser ya principios de enero (parece que finaliza la temporada alta) y la ciudades menos turística, nos aventuramos a llegar sin reservar un hospedaje, por lo que nos tocó caminar mochilas al hombro en busca de algo que se ajustase a nuestro presupuesto (nos hemos dado cuenta que en internet no se anuncian los más económicos). Paseando por el centro histórico encontramos algunos hoteles de precio medio-alto, pero no nos pudimos creer que en una ciudad menos turística no hubiese algo económico, de verdad. Por lo que habíamos visto en otras ciudades cerca de la estación de autobús de segunda clase (esta si se encuentra cerca del centro) suele haber hotelitos con menos lujos y más baratitos. Y así fue, encontramos un humilde hotel por el que pagamos la tarifa más baja desde que comenzamos el viaje, 200 pesos (10€). Será cuestión de seguir este método. Una vez instalados buscamos un lugar donde comer y paseamos por el centro histórico.
Pues bien, la belleza de Campeche consiste en que se trata de una hermosa ciudad amurallada, con baluartes en cada una de sus esquinas, una puerta de Tierra y otra puerta de Mar, y en su interior preciosas casas coloniales, cada una de un color distinto y de altas aceras por las que pasear.

En el interior de la muralla se encuentra también la plaza central, adjunta a la catedral de la ciudad, la llena de vida calle 59, con sus restaurantes turísticos y casas de artesanías, más dos iglesias construidas en la época de la conquista. De hecho, Campeche fue un importante puerto desde donde las colonias españolas enviaban los tesoros a la corona española, siendo muchas veces interceptados por piratas ingleses, franceses u holandeses que deseaban compartir los tesoros entre los distintos imperios. Los ataques de piratas en la ciudad no solo provocaron su fortificación con una muralla que rodase el centro, sino también la construcción de dos fuertes, uno a cada extremo, en lo alto de dos cerros donde la amplitud de visión hacia el mar y el poder privilegiado de la altitud les permitía defender la metrópoli a golpe de cañonazo. En el extremo sur de la ciudad se encuentra el Fuerte de San Miguel, hoy en día un pequeño pero interesante museo de la cultura y costumbres mayas con algunas piezas arqueológicas de los emplazamientos de ruinas cercanos, entre ellos Edzná y Calakmul y que puede disfrutarse por 50 pesos (2,5€) la entrada. 


 En el extremo norte se encuentra el Fuerte de San José el Alto, convertido hoy en día en un museo de armas y reproducciones a escala de distintos barcos de la época. Aunque en internet decía que la entrada era de 45 pesos, a nosotros no nos cobraron, así que suerte para quiénes deseen visitarlo. 
En el borde del cerro donde se encuentra este fuerte, a modo de balcón con vistas a la ciudad hay una enorme estatua de Benito Juárez, uno de los presidentes más emblemáticos de la nación, y bajo sus pies, un cartel luminoso con las coloridas letras del nombre de Campeche, que pueden ser vistas desde el llano de la ciudad. 
Otro de los atractivos de este enclave colonial es pasear por su malecón, construido con mucho encanto y para comodidad de los campechanos, dispone de carril peatonal, carril para bicicletas, gimnasio al aire libre, varios monumentos y dos puertos, el deportivo y el pesquero. 

Al final del paseo hay una zona de palapas donde disfrutar de unos cócteles a ritmo de música latina. Así que si vais a Campeche no dejéis de disfrutar de su brisa marina con el sonido de las aguas oscuras del Golfo de México.  

Desde Campeche hay varias excursiones que se pueden hacer, entre ellas la Ría de Celestún (que ya explicamos en el post de Izamal, Cuzamá y Progreso por que no la visitamos) o las ruinas de Edzna, que decidimos saltarnos pues tenemos que empezar a seleccionar las ruinas que más nos interesan. Así que si que si alguien las visita y quiere colaborar con este post, puede hacerlo a través de los comentarios. 
Ahora sí, nos despedimos de Campeche. Nos vemos en Chiapas.

sábado, 18 de febrero de 2017

Izamal, Cuzamá y Progreso

Nos seguimos encontrando en Mérida, ciudad con una gran variedad cultural y donde también encontramos una amplia variedad de puntos cercanos donde descubrir otras localidades, fauna y como no, más ruinas. En cuanto a la fauna se halla Celestún, una reserva de flamencos rosas, muy recomendada por ser la época del año para la migración de esta ave hacía esta laguna desde otros puntos de la península, pero como nosotros habíamos estado en Río Lagartos, dónde ya quedamos maravilla nos por su elegancia, decidimos no ir a esta, al igual que a Uxmal, otro gran complejo de ruinas, las cuales, a nuestro pesar desistimos de ir. Viajar también significa decidir sobre camino que uno va construyendo, lo que a él se le añade o ya no tiene significado hacer.
Lo que si que no nos pudimos perder fue Izamal, un pequeño pueblo con dos peculiaridades. Una el atrio, así es como se le llama al patio del convento de San Antonio de Padua. La especialidad de este es que es el segundo más grande del mundo, después del de la basílica de San Pedro del Vaticano, dónde el Papa Juan Pablo II ofreció una misa dirigida a toda América Latina, y donde se erigió una estarían su honor.



Y la segunda peculiaridad es que el pueblo, sus casas, bancos, restaurantes, iglesias y el mismo convento están pintados de amarillo, así es, todo está pintado de amarillo, era como estar dentro de un canario. Izamal es un pueblo de un amarillo brillante y reluciente por el sol, con carruajes de caballos que recorren sus calles invitándote a dar un paseo, coronado por este convento tan majestuoso y espacioso, decorado por guirnaldas.


Nos pareció un punto muy recomendado del México alejado de la playa y turismo maximizado. Eso sí, en dos horas has recorrido el pueblo, visitado el convento y los restos de algunas ruinas mayas que posee. Estas están bastante deterioradas y se encuentran en varios puntos de la localidad, sin vallas o entradas, libres y formando parte de la vida del pueblo. Uno se encuentra puntos de ruinas en la calle, sin buscarlas.


Pero bien es sabido hasta ahora que para nosotros no todo es cultura, siempre hay momentos para la diversión y en esta ocasión nos volvemos a ir de ruta de cenotes. Existe una localidad a una hora en autobús de Mérida llamada Cuzamá dónde nos encontramos con un nuevo tipo de cenotes: los cavernosos.
Estaba un día MJ en una tumbona, relajada, al lado de la piscina, siendo devorada por feroces mosquitos, cuando un empleado del hostal se le acercó diciendo si ella y Carlos estaban interesados en ir a Cuzamá al día siguiente. Ella intrigada, le contesto que si, que precisamente ese era su plan para el día siguiente. En la recepción se encontraban un amable chico francés y una señora viajera estadounidense que buscaban otras dos personas para compartir viaje hacía esta interesante aventura en la que sabían, deberían contratar una excursión, siendo cuatro la mejor forma y más barata de realizarla. Así que, sin más cavilaciones, formaron equipo para el día siguiente.
Temprano, muy temprano nos encontramos los cuatro en la recepción y pusimos rumbo hacía la ajetreada ciudad en busca de las furgonetas que nos llevarían hasta Cuzamá. Tras una hora de viaje, entre un amena conversación, llegamos. Ya en la misma parada del autobús nos dijeron que primero debíamos pagar un carrito/moto que nos llevaría hasta las afueras y el punto de inicio del verdadero tour, a unos 10 km de distancia. Fue aquí cuando comprendimos que el día prometía ser divertido. Llegamos a un descampado con algunos puestos de comida y un apartado con más carros, esta vez no con moto, si no tirados por caballos. 


Como alguno sabréis, Carlos tiene unas poquitas alergias, una de ellas es al pelo de caballo, pero sin pensárselo dos veces cogió la camiseta y se la puso a modo turbante, tapando nariz y boca para que no le afectará al respirar.
Así que una vez arreglado este problemilla, nos sentamos en el carrito, nos acomodamos como pudimos y comenzamos a movernos. Este carro, imaginamos que para mejor manejo, va sobre unos raíles, como si fuese un tren. La sensación es de montaña rusa a ras de suelo, con curvas, subidas y bajadas, sin frenos, el animal y jinete como controladores de la velocidad. Tras un ratito de diversión llegamos al final del rail, seguimos con rato más de otro carrito/moto y de vuelta a otro carro de caballo. Habrá quien haya pensado, si es como un rail, si viene otro caballo de frente, ¿Qué pasa? Pues no pasa nada, simplemente comienza un proceso: los pasajeros se bajan, se desengancha el caballo, se quita el carro de los raíles, pasado segundo carro y caballo, se vuelve a poner el carro en los raíles, se vuelve a enganchar el caballo, se suben los pasajeros y se continua con el recorrido ¡Ya avisamos que sería divertidísimo!
Bien, pues el fin del recorrido, de tanto cambio de vehículo, es descubrir tres cenotes, pero nada como lo que habíamos visto hasta ahora, estos son tres cenotes cavernosos. Dos de ellos son, literalmente, un agujero en el suelo del tamaño de un persona grande con una escalera por la que se baja hasta una caverna con agua fresquita, llena de estalactitas y de raíces de árboles que bajan por el techo para beber del agua. Iluminadas únicamente por algunos rayos de sol que se filtran por pequeños agujeros.


El ultimo de los cenotes era un pasadizo de 10 metros, bastante oscuro y estrecho, que te obliga a reflexionar sobre como fue descubierto este corto pasadizo de agua. Pasamos el día entre saltos y risas, tanto en el agua como en el traslado entre cenotes. Al haber tenido que contratar un tour, el tiempo en los cenotes era limitado a una media hora en cada uno, y es entendible, porque sobre las 12.00 se comenzó a notar una mayor afluencia de gente. Como fuimos bastante temprano pudimos disfrutar de tranquilidad y espacio, hasta que llegamos al último cenote, el cuál se comenzó a llenar bastante en el momento en el que a nosotros nos tocaba irnos, es más, cuando nosotros volvimos estaban faltos de carros para transportar a los turistas que llegaban, tuvimos que esperar una media hora en uno de los cambios porque no había carros de caballos disponibles.


Una vez más nos alegramos de haber madrugado. El último de los lugares que conocimos desde Mérida es Progreso. Este un pueblo costero, echábamos un poquito de menos la playa, y debido al fuerte calor de esta ciudad decidimos que podíamos dedicar un día al mar.


 Progreso esta a unas dos horas de la ciudad, y por un módico precio de 19 pesos (0.95€) el billete de autobús no podía ser un día mal invertido. Pero a decir verdad, el lugar nos decepcionó un poquito. No es un pueblito de pescadores, ni mucho menos, un gran turismo está concentrado en la calle principal que enlaza la estación de autobús con el paseo marítimo, también llevo de restaurantes. La playa también se encontraba a rebosar de mesas, sillas y sombrillas donde los restaurantes venden sus bebidas o cada uno puede traer la comida de casa, como uno desee. Todo ello con un mar bastante picado y revuelto. Al final de la playa se encuentra el muelle más largo del mundo, concretamente unos 6,5 km, destinado a cruceros y barcos de gran envergadura, junto a otro bastante más pequeño en el que los lugareños se dedican al arte de la pesca. 


Tras dar una vuelta y comprobar que en una hora habíamos recorrido dos veces el paseo maritimo tomamos una decisión, no queríamos irnos de vacío y con un sabor amargo, así que después de echar un vistazo a los precios del pescado nos dimos cuenta que este era el día de comer pescaíto frito. Por 100 pesos (5€) nos comimos un kilo de pescado frito, lo que equivale a dos peces cada uno, junto su arroz, frijoles y tortillas de maíz, porque no hay que olvidarse que estamos en México.


Comparte esta increíble aventura con nosotros en el siguiente enlace Video Izamal, Cuzamá y Progreso